Una calavera y dos tibias cruzadas reciben al entrar en un convento escondido entre bloques de granito. Tras la puerta, los corredores se estrechan, las celdas apenas admiten un cuerpo y el corcho cubre parte de los muros para contener la humedad de la sierra.
En el bosque cercano, una abertura en la roca conduce hasta la cueva elegida por Frei Honório para vivir apartado de la comunidad. Una crónica franciscana cuenta que dormía sobre una plancha de corcho, apoyaba la cabeza en una piedra y soportaba allí los inviernos de Sintra.
Al otro lado de la sierra, el Santuário da Peninha domina la costa desde una elevación de 488 metros. La tradición sitúa en este lugar el encuentro entre una pastora muda y una mujer desconocida que llevaba consigo una oveja perdida. Después de aquella aparición, la joven recuperó la voz.
Más cerca del Atlántico aparecen otras huellas. Algunas fueron dejadas por comunidades prehistóricas que construyeron sepulturas colectivas. Otras pertenecen a los romanos, que levantaron un santuario dedicado al Sol, la Luna y el Océano. Las más antiguas permanecen impresas en el acantilado de Praia Grande: pisadas de dinosaurios convertidas en piedra.
Esta es una Sintra distinta a la de Pena, Regaleira o el Castelo dos Mouros. Sus enclaves comparten una relación profunda con el paisaje. Durante miles de años, las personas eligieron estas cumbres, bosques y promontorios para enterrar a sus muertos, buscar silencio, pedir protección o acercarse a aquello que consideraban sagrado.
Acompáñame a recorrer la Sintra secreta, desde las celdas de un convento franciscano hasta una pared de roca marcada millones de años antes de que existieran los primeros caminos.
Sintra antes de los palacios
Los grandes palacios románticos transformaron la imagen de Sintra durante el siglo XIX, aunque la relación entre la sierra y sus habitantes había comenzado mucho antes.
Las comunidades prehistóricas levantaron monumentos funerarios en sus elevaciones y junto a la costa. Durante la época romana, un promontorio próximo a Praia das Maçãs fue utilizado como santuario. Siglos después, el mismo lugar acogió una posible comunidad religiosa islámica y una torre de vigilancia.
La cristianización añadió nuevas capas. En Peninha se construyó una ermita medieval y, más tarde, una capilla vinculada a una leyenda mariana. En el siglo XVI, los franciscanos establecieron un pequeño convento entre las rocas de la sierra.
Cada comunidad interpretó el paisaje según sus creencias, necesidades y formas de vida. La piedra podía ser pared, tumba, refugio o altar. La altura permitía vigilar la costa, pero también apartarse del mundo. El océano era ruta y frontera, fuente de alimento y presencia religiosa.
Seguir estas huellas permite entender Sintra desde otro lugar: no como una sucesión de monumentos aislados, sino como un territorio utilizado y reinterpretado durante milenios.
1. Convento dos Capuchos: vivir entre la roca y el bosque

« Convento dos Capuchos – Sintra – Portugal », de Vitor Oliveira , vía Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 2.0 . Imagen redimensionada y optimizada por Viajando entre Leyendas.
El Convento dos Capuchos no busca dominar el paisaje. Sus construcciones ocupan los huecos que dejan los bloques de granito y se mantienen cerca del suelo, casi ocultas entre helechos, musgo y alcornoques.
El convento comenzó a construirse en 1560 por iniciativa de Álvaro de Castro, consejero del rey Sebastián de Portugal. Cumplía así el deseo de su padre, João de Castro, que había imaginado en esta parte de la sierra una comunidad dedicada a la contemplación.
Su nombre oficial fue Convento de la Santa Cruz de la Sierra de Sintra, aunque terminó siendo conocido como Convento dos Capuchos. También recibió el nombre de Convento da Cortiça por la presencia del corcho en puertas, techos y revestimientos.
Los frailes pertenecían a una rama franciscana que entendía la pobreza como una elección espiritual. El edificio debía reflejar esa renuncia, de modo que no se concibieron grandes patios, fachadas ornamentadas ni habitaciones confortables.
Los muros se adaptaron a la piedra existente. En algunos espacios, el propio granito forma parte del techo. Las escaleras avanzan entre peñascos y los corredores obligan a caminar despacio, atentos a desniveles, esquinas y puertas bajas.
Una entrada marcada por la muerte
Antes de acceder a la zona reservada a la comunidad aparece una calavera sobre dos tibias cruzadas.
El símbolo no señala una tumba ni advierte de un peligro. Representa la muerte de la vida anterior del fraile y su entrada en una existencia definida por la obediencia, la pobreza y la oración.
A partir de ese punto, la arquitectura convierte esas ideas en gestos cotidianos.
Las puertas de las celdas son tan bajas que obligan a inclinar la cabeza y, en algunos casos, a doblar las rodillas. El movimiento recuerda al fraile que incluso el acceso a su espacio privado debía realizarse con humildad.
Dentro apenas había lugar para descansar.
Las celdas contenían lo imprescindible. Los religiosos dormían sobre el suelo, utilizando una esterilla o una plancha de corcho que aislaba parcialmente del frío y la humedad del granito. Al final del corredor, un pequeño desnivel marcaba la entrada en la zona donde debía guardarse silencio.
El corcho aparece en todo el convento, aunque su presencia no responde a una búsqueda decorativa. Era un material cercano, ligero y aislante que permitía hacer habitables unos espacios deliberadamente austeros.
La iglesia conserva también el aspecto de una gruta. No existe una ruptura clara entre la arquitectura y la montaña: la piedra entra en las estancias y acompaña durante todo el recorrido.
La visita pasa por el refectorio, la cocina, las enfermerías, el claustro y la sala capitular. En esta última, las decisiones de la comunidad se tomaban mediante votaciones secretas con judías blancas y negras.
Capuchos impresiona por la coherencia entre su forma y la vida que debía desarrollarse dentro. La estrechez, el silencio y la cercanía constante de la roca explican mejor la espiritualidad del convento que cualquier fachada monumental.
2. Cova de Frei Honório: el retiro llevado hasta el límite
Las pequeñas celdas de Capuchos no bastaron para Frei Honório de Santa Maria.
El fraile eligió una concavidad rocosa dentro del bosque de la cerca conventual y la convirtió en su vivienda. La cueva sigue formando parte del recorrido del monumento.
Una crónica franciscana publicada en 1728 dedicó un capítulo a Frei Honório y describió tanto su retiro como las penitencias que practicaba. Dormía sobre una plancha de corcho y utilizaba una piedra como almohada.
Se dice que vivió allí al menos dieciséis años, aunque algunas interpretaciones extienden el retiro durante más de tres décadas.
Murió en 1596, a los 95 años. La tradición de su orden cuenta que regresó a la cueva después de celebrar misa y falleció allí poco después. Fue enterrado en la iglesia del convento.

La historia y las tentaciones
La vida de Frei Honório quedó pronto rodeada de relatos religiosos.
La Chronica da Provincia de Santa Maria da Arrabida cuenta que el diablo intentaba distraerlo mientras escuchaba confesiones y colocaba animales muertos en su camino para asustarlo.
En otro episodio, una joven apareció ante él. El fraile reconoció una tentación diabólica, trazó una cruz con el dedo sobre una roca y la figura desapareció.
La versión popular más extendida afirma que Honório se retiró a la cueva después de haber estado a punto de caer en la tentación. Sin embargo, los documentos no permiten demostrar que ese encuentro fuera la causa de su aislamiento. Es posible que la historia comenzara a circular cuando el fraile ya vivía entre las rocas.
Durante los siglos XVIII y XIX, la cueva atrajo a viajeros que llegaban a Sintra interesados por la severidad de aquella vida. El espacio resultaba difícil de conciliar con la idea de una vivienda: oscuro, húmedo y apenas separado del bosque.
Todavía provoca esa impresión.
Basta con entrar, mirar la roca y comprender que un hombre eligió dormir allí durante años, a pocos pasos de una comunidad que ya vivía bajo una disciplina extrema.
3. Santuário da Peninha: la pastora que recuperó la voz
Peninha se levanta en la vertiente occidental de la Serra de Sintra, a 488 metros sobre el nivel del mar.
En los días despejados, la vista alcanza una amplia franja de costa. Cuando entra la niebla, el santuario queda envuelto por una humedad densa que borra durante unos minutos el océano y las laderas.

Sobre la elevación se reúnen tres construcciones de épocas distintas: la capilla de Nossa Senhora da Peninha, las ruinas de la ermita de São Saturnino y un palacete levantado a comienzos del siglo XX.
La historia más conocida comienza con una joven pastora.
Según la tradición, durante el reinado de João III una muchacha pobre y muda de Almoinhas Velhas perdió una de las ovejas que cuidaba. Mientras la buscaba, vio a una mujer desconocida que llevaba consigo al animal.
La mujer le pidió un poco de pan.
La pastora trató de explicarle que no podía hablar y que en su casa tampoco había comida. La desconocida insistió en que regresara y llamara a su madre.
Cuando llegó a casa, la joven pronunció una palabra por primera vez.
Después de escucharla, su madre abrió un arca y encontró en su interior una cantidad de pan suficiente para alimentar a los vecinos de la aldea. Al subir al lugar donde había ocurrido el encuentro, la comunidad encontró una imagen de la Virgen.
La montaña se convirtió en destino de devoción.
A finales del siglo XVII, Frei Pedro da Conceição impulsó la construcción de una capilla dedicada a Nossa Senhora da Peninha y de varias dependencias para recibir a los peregrinos. Las obras fueron financiadas con limosnas y contaron con el apoyo de Pedro II de Portugal.
São Saturnino, la ermita anterior
La devoción cristiana en Peninha es anterior a la historia de la pastora.
En el siglo XII ya existía allí una ermita dedicada a São Saturnino. Su construcción se atribuye a Pêro Pais, alférez y portaestandarte de Afonso Henriques, primer rey de Portugal.
La antigua ermita muestra que la cumbre había sido elegida como lugar religioso varios siglos antes de la construcción de la capilla barroca. Peninha fue recibiendo nuevas advocaciones, relatos y edificios sin perder su relación con la altura y el aislamiento.
El palacete de Carvalho Monteiro
El elemento más inesperado apareció en 1918.
António Augusto Carvalho Monteiro, propietario de Quinta da Regaleira, encargó la construcción de un palacete de inspiración romántica junto al santuario.
El edificio introduce una arquitectura muy distinta a la de la ermita medieval y la capilla nacida de la devoción popular. Su presencia recuerda la fascinación que la sierra ejerció sobre los propietarios y coleccionistas de comienzos del siglo XX.
El interior de algunos edificios solo puede conocerse durante las actividades organizadas por Parques de Sintra. El exterior, las ruinas y el paisaje justifican por sí solos el ascenso, siempre que la niebla y el viento permitan caminar con seguridad.
4. Adrenunes: el monumento que quizá nunca fue construido

« Anta de Adrenunes », de Roundtheworld , vía Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 4.0 . Imagen redimensionada y optimizada por Viajando entre Leyendas.
Adrenunes parece una construcción prehistórica. Varios bloques de granito forman una especie de galería abierta hacia el oeste. Desde determinados ángulos, las piedras recuerdan a una anta o dolmen levantado por comunidades del Neolítico.
Durante décadas se creyó que lo era.
En 1867, el arqueólogo Joaquim Possidónio Narciso da Silva identificó el conjunto como un monumento funerario de la Edad de Piedra. Las excavaciones no encontraron restos humanos ni objetos que confirmaran esa función, pero Adrenunes fue clasificado en 1910 como Monumento Nacional bajo el nombre de Anta de Adrenunes.
Las investigaciones posteriores modificaron aquella interpretación.
Hoy se considera que el conjunto es principalmente una formación natural modelada por la erosión y la fractura del granito. No existen pruebas suficientes para afirmar que funcionara como sepultura.
La cuestión, sin embargo, no está completamente cerrada.
Algunos investigadores aceptan la posibilidad de que ciertas piedras fueran movidas o de que las comunidades prehistóricas reconocieran el lugar como un espacio especial. El Museu Arqueológico de São Miguel de Odrinhas lo presenta como un afloramiento natural de apariencia megalítica que pudo ser considerado sagrado durante la Prehistoria.
Su interés está precisamente en esa duda.
El enclave se alcanza mediante la Pequena Rota 10 de Peninha, un itinerario circular que pasa también por las ermitas del santuario y las llamadas Pedras Irmãs.
5. Tholos do Monge: una tumba en las alturas de la sierra
Cerca del Convento dos Capuchos se conserva un monumento cuya función funeraria sí está documentada.
El Tholos do Monge fue una sepultura colectiva prehistórica construida en una de las elevaciones de la vertiente sur de la sierra. Su primera utilización se sitúa aproximadamente entre 2500 y 1500 a. C. Más tarde volvió a emplearse durante la Edad del Bronce.
Un tholos es una estructura funeraria con una cámara de planta circular. Las piedras se colocaban en hileras progresivamente más cerradas hasta formar una falsa cúpula.
En su interior no se enterró a una sola persona.
Las sepulturas colectivas reunían a distintos miembros de una comunidad y podían abrirse de nuevo para incorporar otros restos. Eran lugares vinculados a la memoria de los antepasados y a la continuidad del grupo.
La reutilización durante la Edad del Bronce indica que la antigua tumba siguió siendo reconocida mucho después de su construcción. Las comunidades cambiaron, pero el lugar mantuvo su significado.
También importa su posición.
El monumento ocupa una elevación visible dentro del territorio. No fue escondido en un rincón indiferente del paisaje. Su presencia acompañaba a quienes transitaban por la sierra y señalaba un espacio relacionado con los muertos.
Hoy puede conocerse siguiendo la Pequena Rota 11 de Capuchos. El recorrido pasa por el convento, el memorial dedicado a los soldados fallecidos durante el incendio de 1966, el Tholos do Monge y Pedra Amarela.
La ruta permite enlazar dos formas muy distintas de relacionarse con la montaña. Los franciscanos la eligieron como lugar de retiro. Miles de años antes, otras comunidades habían depositado allí a sus muertos.
6. Praia das Maçãs: una sepultura prehistórica junto al océano

« Praia das Macas », de Sheila1988 , vía Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 4.0 . Imagen redimensionada y optimizada por Viajando entre Leyendas.
A poca distancia del arenal de Praia das Maçãs se encuentra uno de los conjuntos funerarios más relevantes de esta parte de Sintra.
El Monumento Prehistórico de Praia das Maçãs se levanta cerca de la margen norte de la Ribeira de Colares, a unos 45 metros de altitud. También es conocido como Tholos do Outeiro das Mós o Tholos da Praia das Maçãs.
Fue construido y utilizado entre finales del cuarto milenio y el tercer milenio antes de nuestra era. El conjunto combina diferentes tradiciones arquitectónicas vinculadas al megalitismo.
Su proximidad al océano lo diferencia del Tholos do Monge.
Uno ocupa las alturas interiores de la sierra. El otro se encuentra cerca de la desembocadura de un curso de agua que conecta Colares con la costa.
Las comunidades prehistóricas construían sus monumentos dentro de territorios habitados y recorridos. Las tumbas formaban parte del paisaje cotidiano y podían relacionarse con caminos, riberas, zonas de cultivo o puntos visibles desde cierta distancia.
El yacimiento permaneció oculto durante siglos. Las excavaciones modernas han permitido revisar su estructura y comprender mejor sus distintas fases de utilización.
No funciona como un monumento abierto de forma permanente con un recorrido musealizado. La Câmara Municipal de Sintra organiza actividades y visitas arqueológicas en determinadas fechas, por lo que conviene revisar la agenda oficial antes de desplazarse.
Praia das Maçãs suele asociarse con el tranvía que lo une con Sintra, la playa y las casas de veraneo. A pocos metros de ese paisaje costero permanece una tumba construida varios milenios antes de que existiera la población actual.
7. Alto da Vigia: el santuario romano frente al Atlántico

« Alto da Vigia 2024-10-10 08 », de Opus 113 , vía Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 4.0 .
Sobre un promontorio próximo a Praia das Maçãs, los romanos levantaron un santuario dedicado al Sol, la Luna y el Océano.
La situación del enclave ayuda a comprender esos cultos. Desde allí se observa el horizonte atlántico, el recorrido de la luz y la entrada de la Ribeira de Colares en el mar.
Los altares encontrados durante las excavaciones muestran que el paisaje formaba parte del espacio religioso. El océano no era un fondo lejano: era una presencia visible a la que se dirigían ofrendas y dedicatorias.
Alto da Vigia ha sido presentado como el santuario romano más occidental del Imperio. Parte de sus altares se conserva en el Museu Arqueológico de São Miguel de Odrinhas.
Un lugar conocido y después olvidado
La existencia de las ruinas ya era conocida a comienzos del siglo XVI.
Valentim Fernandes escribió sobre ellas en 1505. Hacia 1541, Francisco de Holanda dibujó las estructuras que todavía podían verse en el promontorio.
El lugar fue visitado por eruditos portugueses y extranjeros, así como por Manuel I y el infante Luís. La Câmara Municipal de Sintra considera estas investigaciones una de las primeras grandes búsquedas arqueológicas documentadas en Portugal.
Con el tiempo, las ruinas fueron desapareciendo bajo la erosión, la vegetación y las nuevas ocupaciones.
Los textos antiguos conservaron la memoria de un templo romano próximo a la desembocadura de la Ribeira de Colares, pero su ubicación exacta terminó siendo incierta.
En 2008, un equipo del Museu Arqueológico de São Miguel de Odrinhas inició nuevas excavaciones junto a los restos de una antigua torre de señales.
El santuario volvió a aparecer.
Del culto romano a la vigilancia costera
Las excavaciones revelaron que el promontorio había tenido varias vidas.
Junto a las estructuras romanas aparecieron restos de una ocupación islámica desconocida hasta entonces. Varias habitaciones pudieron formar parte de un ribat, un establecimiento religioso y defensivo vinculado a la vigilancia de la costa.
Una de las salas contenía un mihrab orientado aproximadamente hacia La Meca. También se recuperaron fragmentos de cerámica del siglo XII, conchas y señales de hogueras relacionadas con el aprovechamiento de recursos marinos.
A comienzos del siglo XVI se construyó en el mismo punto una torre de señales.
El lugar pasó así de santuario romano a posible comunidad islámica y, más tarde, a puesto de vigilancia. Cada ocupación respondió a necesidades distintas, aunque todas aprovecharon la posición elevada sobre la desembocadura.
Las visitas al yacimiento dependen de la programación municipal. Para completar la historia resulta recomendable acudir al Museu Arqueológico de São Miguel de Odrinhas, donde se conservan los altares y otros materiales recuperados.
8. Praia Grande: huellas de dinosaurios en el acantilado
Las huellas de Praia Grande se encuentran hoy sobre una pared inclinada, pero no fueron impresas en una superficie vertical.
Cuando los dinosaurios atravesaron este territorio, el suelo era prácticamente horizontal. Los procesos geológicos posteriores inclinaron los estratos hasta dejar las pisadas expuestas en el acantilado.
En las rocas se han identificado rastros atribuidos a dinosaurios saurópodos, ornitópodos y terópodos del Cretácico.
Desde la distancia pueden confundirse con irregularidades de la pared. Al observarlas con atención aparecen secuencias, tamaños y direcciones. Las marcas registran el desplazamiento de animales que caminaron sobre un sedimento húmedo millones de años antes de la formación del paisaje actual.

Un antiguo suelo convertido en pared
Las huellas permiten leer dos historias al mismo tiempo.
La primera ocurrió en unos instantes: un dinosaurio apoyó el pie y dejó su peso marcado en el terreno.
La segunda necesitó millones de años. El sedimento fue cubierto, comprimido y transformado en roca. Después, los movimientos geológicos inclinaron las capas y la erosión del litoral volvió a exponerlas.
La pared de Praia Grande fue antes un suelo.
La Câmara Municipal de Sintra acondicionó un área de observación en el acceso meridional de la playa para facilitar la contemplación de los rastros. El estado de los senderos puede cambiar debido a la erosión y a la inestabilidad de los acantilados, por lo que deben respetarse las señales y cierres existentes.
Parque Ecológico Adraga–Praia Grande
Las huellas forman parte de un espacio que conserva otros testimonios antiguos.
El Parque Ecológico Adraga–Praia Grande protege yacimientos paleolíticos y formaciones geológicas como el Calhau do Corvo. Sus pasarelas, miradores y paneles permiten recorrer parte de la franja costera sin salir de las zonas autorizadas.
Mucho después de los dinosaurios, grupos humanos dejaron herramientas y otros indicios de su presencia en esta misma costa.
La distancia temporal resulta difícil de abarcar. Las ermitas, los conventos y los altares romanos pertenecen a una parte muy reciente de la historia del territorio. Bajo ellos permanecen huellas que hacen de Sintra un lugar muy especial.
Sabores de Sintra, Colares y la costa

Después de caminar por la sierra, el regreso a Sintra suele terminar frente a un escaparate lleno de hojaldre, azúcar y canela.
Los travesseiros de Sintra se preparan con una masa ligera y crujiente que envuelve un relleno dulce de almendra. Las queijadas, más pequeñas y compactas, combinan queso fresco, azúcar, huevo y canela. Son dos recetas vinculadas desde hace tiempo a la villa y una buena forma de cerrar una jornada entre Capuchos y Peninha.
Hacia el oeste aparece la región vinícola de Colares.
El vino de Colares está unido a las viñas cultivadas cerca del Atlántico, en terrenos arenosos y expuestos al viento marino. Su producción forma parte de la identidad de la zona y puede conocerse en bodegas y establecimientos especializados de Colares.
En Praia das Maçãs, Azenhas do Mar y otras poblaciones costeras, las cartas giran alrededor del pescado y el marisco. El ambiente cambia con respecto al interior de la sierra: olor a sal, terrazas abiertas hacia el agua y platos sencillos donde importa la frescura del producto.
Rutas para descubrir la otra cara de Sintra
Los rincones de esta Sintra menos conocida se reparten entre los bosques de la sierra y la costa de Colares. No hace falta intentar verlos todos en un mismo día. Lo mejor es escoger una zona, recorrerla sin prisas y dejar tiempo para acercarse a alguno de los pueblos costeros.
La otra cara de Sintra: bosques olvidados y celdas de piedra
El recorrido puede comenzar en el Convento dos Capuchos, entre corredores de granito, pequeñas celdas revestidas de corcho y un silencio que todavía recuerda la vida de los frailes. Desde allí, se puede continuar hacia Peninha, donde la niebla que llega desde el Atlántico envuelve con frecuencia la antigua ermita.
Entre ambos lugares se suceden senderos, formaciones de roca y estrechas carreteras forestales. Es una Sintra muy distinta a la de los palacios: más solitaria, salvaje y ligada al paisaje de la sierra.
Antes de descender hacia la costa, merece la pena detenerse en Penedo, un pequeño pueblo encaramado en la ladera occidental.

« Floresta da Peninha, rochas », de LuisMAfonso , vía Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 4.0 .
De Capuchos al océano
Esta ruta conecta el retiro de Frei Honório con los pueblos marineros situados al oeste de la sierra.
Después de visitar el Convento dos Capuchos, el camino baja hacia Colares y continúa hasta Azenhas do Mar, donde las casas blancas se amontonan sobre el acantilado frente al Atlántico.
La jornada puede terminar en Praia das Maçãs, paseando junto al mar, siguiendo las huellas del antiguo tranvía o descubriendo las historias que se esconden alrededor de su desembocadura, donde aparecieron monumentos funerarios y antiguos lugares de culto.
Peninha, Adrenunes y las piedras de la sierra
Quienes prefieran adentrarse a pie en la sierra pueden combinar el Santuário da Peninha con el sendero que conduce hasta Adrenunes.
El camino atraviesa un paisaje de granito y vegetación baja, con vistas que aparecen y desaparecen entre la niebla. Al final espera una de las grandes incógnitas de la sierra de Sintra: una formación natural que durante mucho tiempo fue interpretada como un monumento megalítico.
Más que una ruta para ir tachando lugares, es un recorrido para caminar despacio y entender por qué estas piedras han despertado tanta curiosidad a lo largo del tiempo.
La costa secreta de Colares
Praia das Maçãs, Alto da Vigia y Praia Grande permiten recorrer un tramo de costa en el que conviven vestigios de épocas muy diferentes.
En una misma jornada se puede visitar el lugar donde existió un santuario romano frente al Atlántico, conocer la historia del monumento prehistórico de Praia das Maçãs y terminar contemplando las huellas de dinosaurios conservadas en los acantilados de Praia Grande.
La ruta puede completarse con una parada en Azenhas do Mar o en Colares, tierra de viñedos y de uno de los vinos más singulares de la región.
Entre viñas, acantilados y pueblos marineros
Para una jornada más tranquila, Colares puede servir como punto de partida para recorrer los pueblos y playas de la costa.
Azenhas do Mar ofrece una de las imágenes más reconocibles de la zona, con sus casas descendiendo hacia una piscina oceánica. Praia das Maçãs conserva parte de su antiguo ambiente de población de veraneo, mientras que Praia da Adraga aparece escondida entre paredes de roca modeladas por el viento y el mar.
Aquí los grandes monumentos quedan en segundo plano. El verdadero protagonista es el paisaje que rodea Sintra: viñedos, carreteras estrechas, pequeñas poblaciones y acantilados abiertos al Atlántico.
Cómo combinar estas rutas
Una primera jornada puede dedicarse al Convento dos Capuchos, Peninha y Penedo, reservando la tarde para descender hasta Azenhas do Mar.
El segundo día puede seguir la costa entre Praia das Maçãs, Alto da Vigia y Praia Grande, con una parada en Colares.
Con menos tiempo, basta con elegir uno de los dos paisajes. Capuchos y Peninha muestran la Sintra más forestal y solitaria. Praia das Maçãs y Praia Grande permiten seguir sus huellas más antiguas junto al océano.

Mapa de la Sintra secreta
Utiliza los filtros para ver qué lugares encajan en cada uno de los recorridos propuestos por la sierra y la costa de Colares.
La Cova de Frei Honório comparte marcador con el Convento dos Capuchos porque se visita dentro del mismo recinto. Las líneas rectas no representan carreteras ni senderos: el mapa filtra lugares, pero no sustituye a una aplicación de navegación.
Propuesta de itinerario en dos días
Día 1: bosques, cuevas y santuarios
Comienza en el Convento dos Capuchos y recorre con calma sus celdas, la iglesia y la Cova de Frei Honório.
Después puedes elegir entre dos opciones:
- completar la PR11 hasta el Tholos do Monge;
- desplazarte a Peninha y realizar parte de la PR10 hasta Adrenunes.
Intentar hacer las dos rutas completas dejaría poco margen para disfrutar de los monumentos y aumentaría el cansancio.
Día 2: arqueología y huellas frente al océano
Dedica la mañana a Praia das Maçãs y Alto da Vigia, siempre que exista alguna visita programada.
Después puedes desplazarte hasta Praia Grande para observar las huellas de dinosaurios y recorrer las pasarelas del parque ecológico.
El Museu Arqueológico de São Miguel de Odrinhas puede incorporarse al principio o al final del día, dependiendo de sus horarios.
Organiza tu ruta por la Sintra menos conocida
Capuchos, Peninha y la costa de Colares están alejados entre sí. Según el tiempo disponible, puedes reservar una excursión guiada, comprar por separado las entradas o alquilar un coche para recorrer la sierra y el Atlántico a tu ritmo.
Descubrir Sintra con guía
Una opción cómoda para enlazar bosques, miradores y pueblos costeros sin preocuparte por los desplazamientos entre cada parada.
Ver tours en SintraReservar los monumentos
Compara entradas para combinar los lugares de esta ruta con los palacios y jardines más conocidos de Sintra.
Comparar entradasRecorrer Sintra en coche
La alternativa más flexible para unir Capuchos, Peninha, Colares, Praia das Maçãs y Praia Grande durante el mismo viaje.
Comparar cochesEste bloque contiene enlaces de afiliación. Si reservas a través de ellos, puedo recibir una pequeña comisión sin coste adicional para ti.
Resumen práctico de la ruta
| Lugar | Qué encontrarás | Tipo de acceso | Tiempo orientativo |
|---|---|---|---|
| Convento dos Capuchos | Celdas franciscanas, arquitectura de granito y corcho | Entrada de pago | 1,5-2 horas |
| Cova de Frei Honório | Refugio utilizado por el fraile ermitaño | Incluida en Capuchos | Dentro de la visita |
| Santuário da Peninha | Capilla, ermita medieval, palacete y vistas de la costa | Exterior; interiores programados | 1 hora |
| Adrenunes | Formación natural de apariencia megalítica | Sendero PR10 | 1-2 horas |
| Tholos do Monge | Sepultura colectiva prehistórica | Sendero PR11 | 2-3 horas con ruta |
| Praia das Maçãs | Monumento funerario prehistórico | Visitas puntuales | 45-60 minutos |
| Alto da Vigia | Santuario romano, ocupación islámica y torre de vigilancia | Visitas organizadas | 1 hora |
| Praia Grande | Huellas de dinosaurios en el acantilado | Miradores autorizados | 30-60 minutos |
Organiza tu visita
| Información | Datos esenciales |
|---|---|
| 📍 Ubicación | Serra de Sintra, Colares, Praia das Maçãs y Praia Grande. |
| 🎭 Leyendas principales | Las tentaciones de Frei Honório y la aparición de Nossa Senhora da Peninha. |
| 📅 Cuándo ir | Primavera y comienzos de otoño ofrecen temperaturas agradables. En invierno son frecuentes la humedad, la niebla y el terreno resbaladizo. |
| 🚶 Qué llevar | Calzado con buen agarre, agua, ropa para cambios de tiempo y batería suficiente en el teléfono. |
| 🍴 Qué probar | Travesseiros, queijadas, vino de Colares, pescado y marisco de la costa. |
| 🌍 Excursiones cercanas | Azenhas do Mar, Cabo da Roca, Colares, Museu Arqueológico de São Miguel de Odrinhas y centro histórico de Sintra. |
¿Se puede hacer la ruta sin coche?
El transporte público llega a algunas poblaciones y carreteras cercanas, pero varios enclaves están alejados de las paradas y requieren caminar por zonas con desnivel.
Para combinar Capuchos, Peninha y la costa durante un viaje corto, el coche o el taxi ofrecen mayor flexibilidad.
Quienes utilicen transporte público deberán reducir el número de visitas y comprobar previamente las conexiones.
Preguntas frecuentes sobre la Sintra misteriosa
Además de los palacios, Sintra conserva el Convento dos Capuchos, la Cova de Frei Honório, el Santuário da Peninha, Adrenunes, el Tholos do Monge, el monumento prehistórico de Praia das Maçãs, Alto da Vigia y las huellas de dinosaurios de Praia Grande.
La existencia del fraile y su retiro en la cueva aparecen en fuentes franciscanas. La duración exacta no está completamente clara: pudo vivir allí al menos dieciséis años y quizá más de tres décadas. Las historias sobre el diablo y la joven que intentó tentarlo pertenecen a la tradición religiosa desarrollada alrededor de su figura.
La cueva forma parte del recorrido del Convento dos Capuchos. El acceso depende de las condiciones y normas del monumento, por lo que deben respetarse las zonas cerradas o restringidas.
No se considera un dolmen confirmado. Es una formación natural de granito cuya disposición recuerda a una construcción megalítica. No se han encontrado restos funerarios, aunque pudo ser reconocida como un lugar especial durante la Prehistoria.
Parte de los altares romanos dedicados al Sol, la Luna y el Océano puede contemplarse en el Museu Arqueológico de São Miguel de Odrinhas.
Dos días permiten combinar varios enclaves de la sierra con Praia das Maçãs y Praia Grande. Para completar las rutas senderistas, visitar Capuchos con calma y añadir el museo de Odrinhas es preferible disponer de más tiempo.
Más lugares con historia cerca de Sintra
Este recorrido puede combinarse con otros enclaves que ayudan a comprender la región.
Si quieres seguir descubriendo la dimensión simbólica de Sintra, la Quinta da Regaleira muestra cómo el Romanticismo reinterpretó antiguas tradiciones religiosas, mitológicas y esotéricas.
El Castelo dos Mouros permite acercarse a la Sintra medieval y a la importancia estratégica de la sierra.
Hacia la costa, el Cabo da Roca continúa la relación entre el paisaje y el imaginario atlántico, mientras que Azenhas do Mar ofrece una parada más tranquila entre acantilados, casas blancas y antiguas tradiciones marineras.
Las huellas que permanecen
Los palacios dieron a Sintra su imagen más conocida, pero llegaron al final de una historia mucho más larga.
Antes de sus jardines románticos, las comunidades prehistóricas ya enterraban a sus muertos en las alturas y junto a la costa. Los romanos levantaron un santuario frente al océano. Una comunidad islámica ocupó después el mismo promontorio. Los cristianos construyeron ermitas en Peninha y un convento entre los bloques de granito.
Frei Honório eligió una cueva para apartarse incluso de la austera vida de Capuchos.
Mucho antes que todos ellos, varios dinosaurios cruzaron el suelo que terminaría convertido en el acantilado de Praia Grande.
Cada época dejó una señal distinta: una tumba, un altar, una capilla, una celda o una pisada fosilizada.
Recorrerlas permite descubrir una Sintra menos visible, unida por caminos donde la piedra guarda usos, creencias y preguntas de tiempos muy diferentes. Cuando el bosque se cierra alrededor de Capuchos o la niebla cubre Peninha, esas huellas parecen más cercanas. Permanecen en el paisaje, esperando a que alguien se detenga a mirarlas.







Deja una respuesta